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junio 20, 2014

La prisión militar, en la memoria de Tlatelolco


Por Luis Arellano Mora
El Centro Cultural Universitario Tlatelolco inicia en julio próximo un nuevo ciclo de conferencias. “Memorias de Tlatelolco” busca recuperar la historia oral de Tlatelolco y brindar un espacio donde se puedan compartir los testimonios e historias que conforman nuestra memoria, se informa en la página electrónica del centro universitario.
La primera sesión, a realizarse el miércoles 30 de julio a las 19:00, estará dedicada a la prisión militar de Tlatelolco. En “De celdas a celdas: Del Convento a la cárcel” se expondrá, desde diversas perspectivas, la historia del edificio anexo a la Iglesia de Santiago, que se creó como convento y escuela, pero se convirtió en cárcel, cuartel y biblioteca.
Además de las cárceles, durante la Colonia hubo presidios que tuvieron el triple carácter de puntos o fortalezas militares para ensanchar la conquista, de medios de población de las provincias remotas y de establecimientos penales. Como fortalezas prisiones existieron también San Juan de Ulúa y Perote. En la mayor parte de la época colonial, las cárceles en la Ciudad de México fueron tres: la de Corte (para reos por causas criminales), la de Ciudad (para los inculpados por infracciones leves) y otra especial en Santiago Tlatelolco.
En 1834 se estableció que la cárcel de la Ciudad estaría destinada para sujetos en proceso y la de Tlatelolco para los sujetos a presidio o destinados a trabajar en obras públicas.
Ya en los albores del Porfiriato, la ciudad contaba con tres cárceles: la de la Ciudad, para delincuentes arrestados por delitos menores; la de Santiago de Tlatelolco, para militares y prisioneros políticos; y Belem, para criminales de delitos mayores y prisioneros políticos. Esta última fue la más terrible y conocida de ellas, y el símbolo más inmediato de los problemas del sistema penal mexicano.
En el fragor de la Revolución Mexicana, cientos de revolucionarios y contrarrevolucionarios llenaron la prisión militar de Tlatelolco. Uno de ellos fue el general Bernardo Reyes, encarcelado el 28 de diciembre de 1911 por conspirar contra el régimen maderista. Se le perdonó la vida y meses después se sumó a la revuelta militar conocida como la Decena Trágica.
Sin embargo, el preso más popular fue el general Francisco Villa. El jefe del ejército maderista en el norte del país, Victoriano Huerta, ordenó su prisión por un presunto desacato. Ahí, Villa aprendió a leer y escribir, gracias a las lecciones del zapatista Gildardo Magaña. Le escribió abundantes cartas al presidente Francisco I. Madero para explicarle su situación y solicitar su ayuda. Pero nunca recibió respuesta.

La prisión dejó de funcionar al ser inaugurado el Centro penitenciario militar o Centro militar número 1 de Rehabilitación militar localizado en el Campo militar número 1, en la avenida Constituyentes.

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